miércoles, 20 de abril de 2016

LAS CERCAS.

Hay unas cercas que rodearon mi vida
y habrá unas cercas que rodearán mi muerte.
Hubo una cerca que rodeó mis juegos
y hay otras cercas que me impidieron verte.
Rodeaba las cercas, por no saltar sobre ellas
encontrando después mas cercas añadidas.
Cercas nuevas, que no quiere decir cercas bellas.
Unas detrás de otras, clasificando vidas.
Separaban los prados, las fortunas, las casas .
Separaban el mundo de este mundo y del mio.
Separaban, el viento de fuera, de las brasas,
eran calor en julio, y en diciembre eran frio.
A veces las saltaba, para no rodearlas,
y cruzaba los prados marcados por sebes.
A mi vista de niño me parecían inmensos,
hoy en día, ya viejo, son verdores muy breves.
Hoy sigo entre esas cercas, y creo que me han vencido.
Ya no las salto, ni pretendo atravesar sus puertas.
Ni las amo ni odio, pero es claro que he sido
enemigo muy débil para fuerzas tan ciertas.

viernes, 22 de enero de 2016

ESCULTURAS DE PUERTA CASTILLO.

QUEVEDIANA DEL ARCO MANCILLADO.

Érase un resoplido mal tirado.
Érase una mosca trepadora.
Érase una grúa transportadora
que no transporta nada y se ha parado.


Érase un rinoceronte averiado
a la vera de una puerta gran señora,
que no sabe que ha hecho, ni en que hora
para sufrir un castigo tan airado.

Érase un escultor incomprendido
pórque hablaba un lenguaje incomprensible,
no por ceguera ni por mal de oído.

Doña Anita, guárdeme Ustéd el martillo,
¡Que una noche metemos cuatro golpes
y se acaban la mosca y el colmillo !!!

ESCRITORES PENSIONISTAS.

Que mal me habéis pagado lo que he escrito.
Que poco me pagáis por mi silencio.
Que poco me leísteis, lo evidencio
al ver que no os importa medio pito.
Preferís el cementerio al mercado,
nos dais por bien pagados con pensiones
que eviten que emitamos opiniones
que molesten vuestro interés creado.
No interesa quien crea, porque entretiene
o inventa algún remedio de los males
que agobian este cuerpo ya gastado.
Aconsejo al pensionista que conviene
mejor especular que dar señales
que conduzcan el olfato del Estado !!!.

sábado, 17 de noviembre de 2012

La solución.

Uno de Septiembre. ¿Fin de la Crisis?. En la biblioteca de mis padres había un libro, que con los años ha pasado a mi poder. No es una escritora que la gente recuerde, salvo por alguna novela suya que se pasó al cine. Eran las obras completas de Vicki Baum, la autora de Gran Hotel, de la que se hizo una película de éxito, protagonizada por Greta Garbo. Pero no es Gran Hotel, en este día Uno de septiembre de 2.009 la novela que me viene a las mientes, sino otra más desconocida, "El Bosque que Llora".
En esta novela, un europeo se encuentra en la selva a un grupo de hombres, que hace poco se dedicaban a extraer caucho de los árboles, y que se arrastran por la selva amazónica intentando volver a su tierra natal, el estado de Ceará. Nada bueno les espera allí, la sequía es espantosa, y por lo tanto, la hambruna. Pero, en la selva, ya no hay nada que hacer tampoco, porque el precio del caucho, que se obtiene del árbol del Hevea Brasiliensis, ha caído en los mercados mundiales, y el bosque se ha convertido en una ratonera. En este dia, uno de septiembre de 1.939, vale más la hambruna conocida de la patria chica que la muerte en la selva a manos de las serpientes y los demás peligros del bosque. A estos desheredados de la fortuna, les acompaña otro europeo, un sin patria, un hombre que ha encontrado en ayudar a esos seres, sin casi vida de hombres, una razón para vivir. Lleva con él un tesoro de la civilización, un aparato de radio con pilas. A la caída de la tarde, cuando es hora de hacer campamento para pasar la noche, enciende, con gran ceremonia, la radio. A veces se oye música, americana o europea, y los seringueiros, los hombres del caucho, la oyen embelesados. Pero hoy, al hacer girar el dial por las emisoras (estaciones de radio, se decía entonces), se oye de repente un extraño discurso vociferante. Una voz en alemán, entrecortada, enfermiza. Todo el mundo se queda sorprendido, e incluso se sonríen unos a otros, burlándose de la cólera de aquel blanco loco. Pero el europeo de la radio pide silencio, y se concentra en el discurso. Escucha unos minutos, y, de repente, su cara se ilumina. Se pone de pié, y mira a su alrededor, como el que va a dar una gran noticia, una muy buena noticia.
-¡Una Guerra!. Los seringueiros le miran sorprendidos, pero sin comprender, de momento.-¿Una guerra…?El europeo insiste.-¡Una gran guerra en Europa, una guerra larga e importante! Entonces, los seringueiros empiezan a levantarse, y gritan, ríen, y se abrazan unos a otros.-¡Una guerra, por fin una gran guerra¡ El primer europeo, el que viajaba solo por la selva, les mira anonadado. Entonces, el de la radio, el que acompaña a los caucheros, le explica el misterio.
 -Estos hombres volvían de la selva a la nada, a la muerte por hambre. Pero acabo de oír en la radio a Hitler, declarando la guerra a Polonia. Empieza una guerra en Europa, una guerra larga y costosa, y el caucho para neumáticos subirá de precio, y estos hombres volverán a poder comer.
Los dos europeos se quedaron un momento mirándose, y se dieron cuenta de que, aquel Primero de Septiembre de 1.939, lo recordarían siempre. Y los seringueiros levantaron el campamento, y se volvieron a la selva, a los lugares donde crece el árbol del caucho, porque había llegado la salvación, una guerra, una terrible y larga guerra, y su hambre, su miseria, su crisis había terminado. Gracias sean dadas a Dios y a Nossa Señora da Penha.
Publicado en Diario de León Digital, 30-08-2.009.

viernes, 17 de febrero de 2012

Los gatos de la vieja nave industrial.


Ya no vienen los gatos
a la nave ruinosa.
Los dulces gatos suaves,
valientes y mimosos.
Cameladores y chulos,
en Egipto eran dioses.
En las mañanas frías,
aparecían tardíos.
Saludaban maullando,
pidiendo atenciones.
En aquella industria
hoy casi escombrera
arrasada por vientos
de desastre y fracaso,
se aparearon el Tigris
y la Thais bicolor.
Fornicaron, felices,
como amantes de cuento.
Por la tarde, en las mesas
de madera y de sol,
disfrutaban de siestas
de ricos opulentos.
Allí creció el pequeño
con nombre de parásitos
que casi no vivió,
truncado en su camino
por el hado maligno
que lo mató en la linde,
castigo riguroso
por asomarse fuera.
Allí buscó un día Thais
un sitio protegido
(se lo habíamos guardado,
estaba ya dispuesto)
y echó al mundo a sus hijos,
y el Tigris vigilaba.
¿Dónde estará ahora
el padre de esas crías?.
Cuando Thais, adoptada,
se fue de allí, muy lejos,
con sus hijos pequeños,
el Tigris ya no estuvo
tan feliz como siempre.
También había partido,
quizás, envenenado,
el primer compañero
gatuno que allí vimos,
el Tigre, el protector
del pequeño cachorro
que murió atropellado.
Y después, los hombres,
se fueron retirando,
y los gatos sintieron
el vacío que venía,
y dejaron, un día
de comer en su cuenco.
Y solo el Tigris fue
volviendo, algunos ratos,
espaciando, un día y otro,
cada vez más los viajes.
Y después, yo he venido
buscando, muchas veces,
aquellos gatos bravos
y amigables, y bellos,
pero ya se han marchado
y ya nunca he de verlos.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Figuras de Cera.


¿Donde van las caretas de los césares?
Cuando el favor del senado  se disipa,
y hasta el pueblo de Roma, furibundo,
tampoco ya los quiere ver delante
y quitáis  las estatuas de las calles,
¿hacéis velas, acaso, con su cera,
para dar una luz a  esta negrura?.
Con lo que queda de fundir sus caras,
y sus cuerpos de efebos y de diosas
de la esposa y los hijos del patricio,
¿fundiréis antorchas que iluminen?.
Yo me temo que no es ese su destino,
de esa cera que en un tiempo fue divina.
Formará, manejada por los mismos
que pusieron los bustos en lo alto,
pegotes para echar sobre los ojos,
cortinillas que oculten la mirada.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Aquel verano del 63.

" Cuando calienta el sol, aquí en la playa,
Siento tu cuerpo vibrar, cerca de mi ".


Llueve hoy, día 1 de Septiembre. Pero, por mucho que las emisoras de radio estén recuperando sus programas estrella, ninguna de las dos cosas quieren decir que el Verano haya terminado. Tampoco ha hecho bueno este mes de Agosto, y tampoco hacía calor aquel verano de 1963, en el Norte. Tan en el Norte como en San Sebastián, nada menos.
Mi asignatura pendiente es viajar. Más allá de Puente Castro, por el Sur, o de Navatejera, por el Norte, ya me parece que me aproximo al abismo precolombino. Pero, aquel año, que para Kennedy sería el último de su vida, el azar me llevó no solo hasta el confín de la Patria (que diría la cultura oficial de entonces), sino incluso más allá de la frontera del Bidasoa. Efectivamente, mientras la estancia en Donosti la ampliábamos a Fuenterrabia, donde veraneaban unos primos míos de Madrid algo pijillos, la promesa recibida era que en algún momento pasaríamos a Francia, aunque fuera un par de horas.
Aquí, no el principal objetivo, pero si uno de los más importantes, era comprobar la realidad que nos querían transmitir las revistas francesas que circulaban por mi casa, como el Paris Match, o el Marie-Claire. Ese ambiente juvenil en los aledaños de las playas, y sobre todo esas francesas absolutamente seductoras, con sus bikinis mínimos, como el que lucia Brigitte Bardot en una foto en blanco y negro que maldito el color que necesitaba. Además, a mi me fascinaban las ilustraciones del libro de francés, (ya llevábamos un par de cursos), y no sé por qué siempre me fijaba en una foto de un ciego tocando el acordeón, con su correspondiente pie descriptivo: " Un aveugle ". Mecachis, allí los ciegos no vendían el cupón, ¡tocaban el acordeón!. Que países, oiga.
Por fin, una tarde, metidas más de ocho personas, y puede que diez, en un solo coche (hay que decir que éramos gente menuda, aunque ya empezábamos a adquirir tamaño a ojos vistas) y mis hermanos y yo, sin ningún documento, pasamos una tarde la frontera, camino de San Juan de Luz y Biarritz.
Hay que decir que, probablemente, aquel año no debía haber grandes medidas de seguridad en cuanto a terrorismo se refiere, aunque ETA ya había empezado a asomar. Mi tía, que, por su experiencia (era la que veraneaba allí habitualmente) era la jefa de expedición, llevaba su pasaporte de familia numerosa, con una foto en la que salían juntos todos mis primos pequeños, que no iban en la excursión. Así que mis hermanos y yo figurábamos como unos enanos mas, sin nombre concreto. El policía español echó un buen rato repasando documentos, con mucha pompa y circunstancia, con calma, sentado en su mesa, al lado de una ventanilla por la que le habíamos entregado el pasaporte familiar y los pases de 24 horas de mis padres. Debió considerarlo correcto, y nos dio, o más bien nos otorgó el paso. Los franceses eran mas nervisositos, correteando alrededor del coche. Miraban dentro, luego a los papeles, otra vez dentro del coche, y por fin se miraron unos a otros y dijeron: " Mmm, c´est une famille ". Y también nos dejaron pasar.
Y ese fue mi primer triunfo de aquella jornada. En pleno verano de 1963 yo conseguí salir de España y volver, sin tener ni un puñetero papel en regla, ni DNI siquiera. Añadiendo la sensación que me produjo atravesar el puente entre los dos países, con la impresión de estar flotando entre dos mundos, suspendido en ninguna parte.
Y, allí, ¿qué podemos decir?. Si, el ambiente al borde de la playa, lleno de gente joven, echando monedas en las maquinas de discos, los helados de máquina, que todavía no habían llegado a España, deliciosos, los coches italianos deportivos de cilindrada alta... tantas cosas impactantes para un Leonés de 1.963...
Pero nada me hará olvidar lo que vi al volver una esquina en San Juan de Luz. A un lado, junto a una pared, apareció un hombre sentado en una silla. Estaba tocando el acordeón, y llevaba gafas negras. Tocaba "cuando calienta el sol, aquí en la playa... ".
Mi hermano y yo nos quedamos pasmados, y luego nos miramos uno a otro, y los dos dijimos lo mismo, al tiempo, como en una película cómica: "mira, un aveugle".
Nadie podrá convencerme de que aquel no era el ciego del libro de francés. Por lo menos, para mí siempre lo será. Cuando después de muchos años hojeaba aquellas páginas sobadas, veía aquella cara del hombre de San Juan de Luz, y volvía a oír el sonsonete pegadizo de " cuando calienta el sol ".